El Tran-sexualismo
Buenos Aires: Nueva Visión, 2003.
Se trata de un libro dudoso que con un tono que parece sarcástico aborda el tema de la transexualidad como una patología gestada desde la ciencia médica y llevada hacia su mediatización por efecto del capitalismo y la globalización. Para plantear críticas tan serias a la identidad transexual, su acercamiento es escueto, poco profundo y aparentemente insidioso.
Inicia afirmando que el derecho a elegir el sexo propio es una nueva condición que se suma a la liberación que significó la emancipación femenina, la contracepción, el renacimiento de la homosexualidad; aunque sabemos que todos estos son procesos todavía en curso, ya que no se han consolidado de manera determinante en la sociedad sino que tienen que seguir siendo peleados. La posición del autor, sin embargo, enfoca el transexualismo como una patología y coloca el tema a la par de grandes dilemas actuales como la ingeniería genética, la procreación in vitro o la clonación. Se pregunta lo que está significando el transexualismo en la sociedad actual y sus posibles consecuencias, así como cierta permisibilidad que no se alarma ante las operaciones de reasignación sexual como lo hace frente a la eutanasia, aunque puede tener mayores repercusiones sociales que ésta.
Se hace un rápido recorrido por la historia del transexualismo hasta el momento en que se vuelve un fenómeno social, fuertemente influenciado por los sectores médicos y cuyo interés mediático formaría parte del fenómeno en sí mismo, en el que el capitalismo y la globalización habían extendido sus intereses económicos. Se hace una análisis inquietante del caso de George/Christine Jorgersen, en el que se pondría en duda el diagnóstico y el final feliz de su caso. Considera que parte del problema actual es el libre acceso a operaciones que no conllevan un seguimiento psiquiátrico y que la intervención de la psiquiatría debería derivar en solucionar el problema sin recurrir a la operación de cambio de sexo. Esto porque se recoge sólo la experiencia de Europa y Estados Unidos, muy diferente de lo que ocurre en el resto del mundo.
Estamos de acuerdo en que cada caso es particular y que no siempre debe derivar en la reafirmación del binomio hombre/mujer, que es a lo que apuntan las operaciones, que también hay sujetos que transitan en los vacíos de ese intersticio, como el travesti, el transgénero, el intersexual y otras formas de la identidad. Creemos que en efecto debe tomarse cada caso en su verdadera dimensión pero no estamos de acuerdo a que la última palabra la tenga un médico, un psicoanalista, que también ha sido formado en una específica manera de concebir el mundo. Quizá en esto radica nuestra principal crítica a este libro en el exceso de confianza que se coloca en el especialista psiquiátrico y en el exceso de desconfianza que se coloca en la persona en cuanto a las certezas que tenga sobre su identidad. Es cierto como dice el autor que no se debe llegar a la “mera ejecución de prácticas que ignoran su razón” y que por tanto es necesario una reflexión, pero la interrogante sería, quién tiene la última palabra en esa reflexión, quién está autorizado para decidir y determinar una identidad.

